El retrato de Dorian Gray se moderniza en 2010 con una superproducción fantástica rodada en Londres y adornada con los mejores decorados y efectos.Tercera incursión de Oliver Parker en el universo Oscar Wilde (después de "Un marido ideal" y "La importancia de llamarse Ernesto") y tercera película impoluta, decimonónica, aseada y elegante de corazón hueco. "El retrato de Dorian Gray" es como un individuo de fachada impecable sin tema de conversación. Todo está en su sitio, la ornamentación es el demonio pero, una vez más, el revival es meramente epidérmico. Parker se queda en el umbral de la puerta, ensimismado en la piel pero sin tocar hueso. Doble delito precisamente por que "El retrato de Dorian Gray" ha e ser forzosamente un relato tenso, inhóspito, terrorífico y extraordinariamente provocador que en manos del preciosista Parker es puro abalorio.
El pecado capital de esta nueva revisión del clásico es pulir el filo y la punta de la pluma de Wilde, trazando un relato más moderno pero progresivamente insustancial. Si hay un personaje Wildiano por antonomasia ese es Lord Henry, vividor, crápula hijo de mala madre, pensador e inmoralista vocacional que en la versión clásica de Albert Lewin cobraba vida con fuerza sobrenatural en manos de un inspiradísimo George Sanders, dueño y señor de la película y sostén de una colección de diálogos de irresistible cinismo realmente memorables. Colin Firth no tiene hueco, Parker no se lo da, para dotar a su Lord Henry de vida propia.
El director de "Otelo" simplifica en exceso su perfil aproximándolo más de la cuenta hacia el rincón del arquetipo. Ahí emerge la figura insípida de Ben Barnes, actor inerte de registro escaso, del todo incapaz de esculpir en su rostro las contradicciones trágicas inherentes al personaje de Dorian. No hay un Dorian a la altura por culpa de Barnes ni un Lord Henry ídem por culpa de Parker. Sin el carisma de ambos la película se sostiene sobre pilares demasiado frágiles.
Todo es correcto desde el punto de vista de la producción y la puesta en escena, pero Parker es un director sin sangre en las venas, plano casi siempre, con un concepto caligráfico del clasicismo que desnaturaliza casi todas sus películas. "El retrato de Dorian Gray" no es una excepción. Enorme novela inmortalizada para las masas por una notable versión fílmica en la era dorada de Hollywood revitalizada ahora, es un decir, por una película sin sal y sin aliño, formalmente impecable pero sin rastro de vida, o casi, en su opaco interior.
























