
EL 19 de enero, Edgar Allan Poe cumple 200 años. Desde aquel lejano día en Boston, su fama no ha dejado de crecer, al amparo de una obra pionera y rica tanto en prosa como en verso y una biografía plena en desdichas y en esperanzas frustradas. Poe es para muchos una vieja fotografía con un gesto contrariado, cabellos desordenados y una corbata torcida, para otros puede que sea un autor de relatos que deja marcados a sus lectores adolescentes, para otros un ejemplo, tal vez el más levado, el más claro, de frustración e infelicidad. Pero 200 años después de su nacimiento, Poe, más allá de todo ello, es un maestro indiscutible. Un clásico de los que justifican la literatura de una nación entera.